(foto con tren)
entre esas fotos y yo
un tren,
un paisaje de juventud que apenas llega
un susurro audible en la distancia
más llena del oído,
una estación verde en pleno campo.
tal vez la mera ilusión del movimiento
o la fatalidad de un riel que no termina.
y esas florcitas mínimas,
redondas, amarillas, invencibles
sobre un paisaje huraño de pedregullo gris
ostentando su alegría lisa y llana,
inarrancable.
La materialización de los deseos,
o de sobre cómo
una flor de yuyo puede ser
más fuerte que los trenes
y el olvido.
hola
era tan simple que se presentía.
tibio contra lo duro del mundo
simple y tibio.
mientras siguiera mutando lo existente
las placas tectónicas su eterno movimiento
de gigantesco bicho subterráneo,
las hormigas conquistando imperios terrosos en los baldíos
los vendedores de gomitas para el pelo,
guantes y cuellos de polar en los puestitos de la San Martín,
y la guerra, las cálidas entrañas
el olor acre del petróleo quemado
la aceituna que en Algeciras
retuerce el hambre en la tripa del balsero
las parras secas en los patios del Abasto,
en fin
todas las cosas que valen la pena
las que importan, las que no
estrellándose así:
estirar una mano y de revés
ahí tu tibieza
sola y victoriosa,
contra lo duro del mundo.
hola
(sacrificio)
te deshago y me miento
miguita de pan
crecés como una piedra
pesadísima
un asteroide
de metal helado
ardiendo.
los rituales paganos
del desapego
sacrificar un objeto banal
que alguna vez ungimos
con demasiado ardor
desterrar el acorde dominante
de tu nostalgia
exiliar de mis recuentos las horas de contarte
entre la multitud de lo que existe
pensarte en un avión,
una cama revuelta,
en una despedida de estación
pensarte en cualquier parte
que me excluya
dolorosamente.
sacarte para siempre
de todo lo que es mio o lo pretende,
olvidar con las manos y la lengua
con el olor del sexo, las axilas,
con la menta en el cantero,
hasta con el silencio
de la cabeza.
hola
(migas sueltas)
de las hojas cuando se abandonan
quedará solo el misterioso trazo
que el aire guarda
como un itinerario
irrepetible.
Así una canción triste florecía
entre las cuatro cuerdas que me atreví a tocar
y me quedaron dos, desamparadas
solitarias y hermosas, como dos novias
que esperan que sus hombres vuelvan de la guerra.
un suspiro apenas
y pasó el viento.
decime
qué hago ahora
con este cuarto lleno de hojas secas.
hola
Nicolás Gilio (Buenos Aires – Argentina)









