Ella ronca. Yo nunca se lo digo porque no quiero que pase vergüenza pero, sobre todo, no quiero que peleemos por eso; que ya peleamos mucho por otras cosas. La miro dormir y es hermosa aunque ronque.
Da muchas vueltas en la cama al principio hasta que se acomoda. Primero se pone de lado, de cara a la puerta y coge mi brazo para que rodee su cintura. Así se queda un momento. Luego gira y se coloca boca abajo con la cabeza hacia mí y allí nos respiramos. Eso nunca dura mucho. Después sube la pierna sobre la articulación de mi rodilla. Se voltea de nuevo y me pide que le dé la espalda para abrazarme ella. Tras unos minutos en dicha posición, siente como un muro de frente y cambiamos otra vez. Ahora vuelve a su puesto inicial sólo que, en vez del brazo, me coge la mano y la instala en su seno derecho. En ese punto, yo siempre me duermo un rato y ella ronronea.
Al cabo de media hora el baile continúa bajo las sábanas y es cuando comienza a adoptar su postura en diagonal, robándole el espacio a mis piernas, que acaban superponiéndose y pegándose a la pared para dejarle sitio. Al final, su cabeza termina descansando plácidamente sobre la almohada, girada hacia la derecha. Su cuerpo la sigue hasta las caderas, donde las piernas se desvían para acabar en la punta del lado izquierdo del lecho.
(Dicen que su madre también lo hacía y que su padre no pudo soportarlo más y acabó durmiendo en otra cama -en una habitaciones contigua- cuando sus hijos ya vivían fuera. Así que debe ser hereditario. Como la belleza.)
Ahora se mueve un poco sobre sí misma pero descansa haciendo ruditos con la boca y a veces sonríe. Yo la miro tan de cerca que me apetece besarla aunque sin sacarla del sueño. No ahora que lo ha alcanzado.
De pronto, arrastra el brazo hasta mí y acaricia por encima del calzoncillo y susurra: -J’ai faim, chéri- con coqueteo sonámbulo.
Me incorporo. La observo pero sigue dormida. Está soñando y yo la dejo, que los sueños de uno pertenecen a lo más íntimo de cada cual y en ellos se permiten licencias. Además, cuando despierte por la mañana seré yo -sin duda- quien le prepare su pequeño desayuno.
hola
Olalla Hernández Ranz (Gijón – España)
Ilustración de Marta Ranz











como que me describiste mi esposo dice que eso hago siempre